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martes, 26 de febrero de 2013

La reforma monetaria de Diocleciano 5° parte


Fragmento del Edicto de precios máximos de Diocleciano. Como puede verse, es una lista de productos con sus precios estipulados en denarios comunes

Aquí os dejo la quinta y última parte de la serie sobre la reforma monetaria de Diocleciano, en la que culmino tratando las medidas adoptadas por el gobierno para controlar la inflación generada por la introducción del nuevo sistema (aquí podéis encontrar la primera, segunda, tercera y cuarta partes).

Como vimos en la última parte de esta serie, la aplicación de la reforma monetaria de Diocleciano generó un fuerte incremento de la inflación en el Imperio Romano. Es decir, produjo un efecto totalmente contrario al pretendido. El gobierno reaccionó de la única forma en que sabía hacerlo, intentando imponer por fuerza de ley una solución. En enero del 300 d.C. fueron así, según la interpretación más aceptada, retarifadas las monedas del sistema, pasando el nummus de 5 a valer 12,5 denarii communes y el argenteus de 25 a 50. El valor del oro parece no haber sido modificado, pero como el mismo había perdido su verdadera condición monetaria para transformarse en un bien negociable, estaba sujeto a fuertes presiones inflacionarias y era percibido como la mejor reserva de valor.

Semejante incremento nominal del dinero circulante sin ningún cambio real en el número o la calidad de las monedas disponibles fue seguida, como era de esperar, por una casi inmediata readecuación, en la misma proporción, del precio de los bienes.

Una segunda reacción del gobierno fue el famoso Edicto de pretiis rerum venalium (edicto sobre los precios de los bienes comerciales) sancionado en el 301 d.C., que intentaba fijar, bajo pena de muerte, valores máximos para todo tipo de bienes y servicios, expresados en denarii communes. Otro fracaso estrepitoso. La medida tuvo que ser retirada, según reporta Lactancio, porque los comerciantes retiraron todos sus bienes del marcado. En septiembre del 301, los tetrarcas emitieron un segundo edicto doblando el valor de todas las denominaciones por encima de un denarius communis, pero preservando las tasas de conversión entre las distintas monedas. Una copia del edicto se ha conservado de manera fragmentaria en la ciudad de Afrodisias, en Asia menor.

El público había aprendido a reaccionar frente a medidas de este tipo y la readecuación de los precios fue casi inmediata. El mismo gobierno daba el ejemplo al doblar inmediatamente tras la sanción del edicto el sueldo de todos los funcionarios.

El sistema monetario de Diocleciano produjo, entonces, a fin de cuentas, un resultado completamente opuesto al pretendido, inflación y desconfianza en los medios de pago. Su política no generó, sin embargo, tal como a veces se señala, una desmonetización de la economía y un regreso al trueque como forma privilegiada de intercambio. Todo lo contrario, la reforma tuvo éxito en unificar a todo el mundo romano en un único sistema monetario y en hacer de la moneda el medio de pago habitual para todo tipo de transacciones.

Diocleciano generó de manera involuntaria las bases de lo que sería el régimen monetario del Bajo Imperio Romano, pues dio nacimiento a un sistema dual basado, por una parte, en piezas de oro utilizadas como lingote y valoradas según el precio del metal en el mercado, y, por otra, monedas de vellón bajo cuya calidad y valor se deterioraban permanentemente, generando fuertes presiones inflacionarias que perjudicaban, sobre todo, a los estratos inferiores de la sociedad.

martes, 19 de febrero de 2013

La reforma monetaria de Diocleciano 4° parte – El impacto económico



Esta es la cuarta entrega de la serie sobre la reforma monetaria de Diocleciano, en la que trato sobre las consecuencias económicas que generó la puesta en marcha del nuevo sistema, una espiral inflacionaria. En la próxima entrega analizaré las medidas que se tomaron para combatir la suba de precios (podéis leer aquí la primera, segunda y tercera parte)

Impacto: espiral inflacionaria


Como vimos en las anteriores entregas de esta serie, el nuevo sistema monetario creado por la tetrarquía fue implementado con gran rapidez, logrando producir en tan sólo unos pocos años las monedas necesarias para abastecer a todo el mundo romano con el nuevo circulante. Sin embargo, a pesar de estos logros indiscutibles, terminó conduciendo a un rotundo fracaso. Si dos de los objetivos primordiales de la reforma eran la reducción de la inflación y la recuperación de la confianza en la moneda, los resultados obtenidos fueron todo lo contrario, una fuerte suba de precios y un rechazo generalizado del nummus, la pieza central del nuevo sistema. ¿Cómo es posible que una moneda que representaba un progreso tan evidente en calidad de manufactura y en contenido de plata respecto de sus predecesoras no gozara de amplia aceptación entre el público? Hay dos factores claves que lo explican.

En primer lugar, es importante considerar que mientras el áureo y el argenteus contaban con un fuerte respaldo para su valor en su contenido metálico, el nummus había sido tarifado muy por encima del valor correspondiente a su porcentaje de plata, lo que lo convertía prácticamente en una moneda fiduciaria. Como señala Alberto González García en un excelente estudio de la inflación en este período, la moneda del Imperio Romano nunca había sido una moneda fiduciaria. La diferencia entre el valor metálico y el valor monetario de todas las denominaciones acuñadas en el Imperio Romano se explica por el concepto del “señoraje”. Cito su clara explicación (pp. 124-125):

“Hemos de aclarar que el valor nominal de la moneda metálica es siempre superior al intrínseco. De no ser así, la acuñación sería antieconómica y no se produciría. Esta diferencia es el llamado señoraje, el ingreso bruto que recibe la autoridad emisora –en este caso el Estado romano–, con el cual cubre sus costes de acuñación y obtiene un beneficio que le incentiva a producir moneda.”

Las consecuencias de esta disparidad dentro del sistema monetario eran predecibles, el atesoramiento de las “monedas fuertes” y el intento de deshacerse rápidamente de la moneda sobrevaluada, la conducta prevista por la ley de Gresham. Un comportamiento, por otra parte, que tiende a generar inflación al impulsar a los consumidores a cambiar rápidamente la moneda fiduciaria por bienes de valor real, acelerando de esta forma la velocidad de los intercambios.

En segundo lugar, como argumenta Kenneth Harl, la enorme producción de nummi llevada a cabo para poner en marcha el sistema incrementó fuertemente la oferta monetaria que era tradicionalmente reducida en el mundo romano. El gobierno no tenía forma de conocer cuántas monedas serían necesarias para poner en funcionamiento el sistema y todo indica que su producción fue excesiva, pues vemos que muchas regiones que siempre habían padecido de una escasez crónica de circulante disponen, a partir de este período, abundantemente del mismo.

El incremento de la oferta monetaria frente a una oferta de bienes relativamente inelástica en una economía agraria con posibilidades de crecimiento limitados significó que había mucho más circulante disponible para adquirir básicamente los mismos bienes, lo que produjo una rápida y drástica suba de precios.

La reforma monetaria generó, entonces, a la vez una expansión de la oferta monetaria, un incremento en la velocidad de los intercambios, una pérdida de confianza generalizada en el valor de las monedas de vellón y un atesoramiento de las monedas de oro y plata. Una combinación explosiva cuyo resultado inevitable era una fuerte suba de precios.

viernes, 15 de febrero de 2013

La reforma monetaria de Diocleciano -3° parte


Aquí os dejo la tercera parte de la serie sobre la reforma monetaria de Diocleciano (podéis leer aquí la primera y la segunda), en la que me concentro en lo que implicó la puesta en funcionamiento del nuevo sistema monetario.


El primer sistema monetario en abarcar la totalidad del Imperio Romano


Diocleciano pretendía que el nuevo sistema fuera verdaderamente universal, desplazando a las acuñaciones locales que por siglos habían convivido con las monedas romanas. Para que este objetivo fuera alcanzable en la práctica, fueron necesarias dos medidas radicales: 1) la desmonetización de todo el circulante anterior a la reforma. 2) La producción de nuevas piezas en enormes cantidades en un plazo muy breve de tiempo. Se tuvo un éxito sorprendente en ambos puntos, coordinando el trabajo de un gran número de cecas distribuidas por todo el imperio con gran eficiencia. De esta forma, en tan sólo cinco años entre el 293 y el 297 d.C., Diocleciano y sus colegas impusieron el uso del primer sistema uniforme en el Imperio Romano, acabando incluso con el particularismo monetario de Egipto, vigente desde siglos.

Diocleciano modificó el sistema de cecas heredado de Aureliano y amplió su número de 10 a 16 (RIC VI, págs. 4-7). El nuevo esquema se correspondía con su reorganización de la administración civil mediante la creación de las diócesis (ver mapa más abajo). Ya con anterioridad, las cecas se encontraban organizadas en diferentes talleres (officinae) y desde el reinado de Filipo el árabe se había generalizado la práctica de señalar dentro de cada ceca con una letra griega el taller responsable de la producción de cada ejemplar. Durante la tetrarquía, las marcas de officinae se vuelven una norma ineludible para todas las cecas que cuentan con varios talleres, lo que permitía un mayor control de la producción.

Las cecas de la tetrarquía funcionaron con gran eficiencia y produjeron en pocos años cientos de millones de nummi, teniendo éxito no solamente en remplazar a todas las monedas previas, sino también abastecer a regiones que hasta ese período habían sufrido de una escasez crónica de circulante. Diocleciano y sus colegas lograron uno de los remplazos monetarios más efectivos de la historia.

Los nummi representaron también un notable incremento en la calidad. Sus cospeles son regulares y con un peso menos variable que las denominaciones anteriores. Las acuñaciones son bien centradas y de producción cuidada. La cobertura plateada es atractiva y uniforme.


La reforma en la iconografía


La reforma monetaria de la tetrarquía vino acompañada de una clara ruptura con la tradición iconográfica previa. Los retratos imperiales se vuelven ahora uniformes y esquemáticos, de tal modo que en ocasiones se hace difícil distinguir al tetrarca representado sin la ayuda de la leyenda. Se evidencia, además, una clara preferencia por el busto laureado y barbado hacia la derecha, con un gesto adusto y cabezas masivas de cabello corto muy semejantes a las representaciones estatuarias de la tetrarquía. Se trata, por otra parte, de un rasgo común a todas las manifestaciones iconográficas oficiales, y no de una característica privativa de la moneda. 

Los emperadores pierden sus rasgos individuales y se transforman en meros íconos genéricos, lo que se corresponde con la intención de Diocleciano de transformar esa posición en una institución completamente independiente de la persona que la ocupara. Las diferencias fundamentales en la representación de los tetrarcas derivan de la divinidad con la que cada pareja Augusto / César es asociada, Júpiter o Hércules. Sólo en algunas cecas occidentales se producen retratos más variados con bustos acorazados o, incluso, con casco y lanza al hombro. Un tipo de retrato muy peculiar es el de los soberanos asociados a Hércules que aparecen representados con piel de león y, en algunos casos, con maza al hombro.


Con la reforma del 293, también los tipos de reverso se vuelven mucho más uniformes y se concentran en unos pocos motivos de aspiración universal que serán repetidos por todo el imperio. Algo más de variedad se encuentra solamente en las monedas de oro, en mi opinión, porque van dirigidas casi exclusivamente a un público de militares y funcionarios cuya lealtad el régimen debe conservar con especial cuidado y atención. De allí que encontremos representaciones más detalladas del programa ideológico en que se sustenta el principio de la colegialidad imperial. 

En las monedas de plata predominan fuertemente dos tipos de reverso, el que muestra a los tetrarcas realizando un sacrificio y la representación de la puerta de un campamento. En los nummi, a su vez, el tipo más usual es, por mucho, el genio del pueblo romano. En los radiados de vellón bajo aparecen Júpiter y el emperador, mientras que en los pequeños radiados de bronce lo hace Utilitas. El menor número de tipos de reverso debe, en mi opinión, también ser una consecuencia del gran volumen de producción necesario para establecer el nuevo sistema monetario, que implicaba una mayor estandarización de los procesos de acuñación en las cecas.

jueves, 31 de enero de 2013

La reforma monetaria de Diocleciano -2° parte

Las monedas introducidas en el 293 d.C. De izquierda a derecha: Nummus (follis), radiado post-reforma, laureado post-reforma y argenteus.

En la primera parte de esta serie vimos las medidas adoptadas por Diocleciano antes de la reforma completa del sistema monetario, es decir, su mejora en el estándar y calidad de las monedas de oro. En esta segunda parte, se analiza las nuevas denominaciones introducidas en el año 293 d.C.

La introducción del nuevo sistema en el 293 d.C.


En el año 293 d.C., con el nombramiento de Galerio y Constancio como césares, el sistema político de la tetrarquía quedaba definitivamente establecido y la velocidad de las reformas administrativas y fiscales comenzó a acelerarse. En este contexto, se emprendió una de las reformas monetarias más ambiciosas de la historia premoderna, que implicaba una ruptura radical con el sistema vigente. Desconocemos el momento exacto de su implementación, pero se llevó a cabo, sin duda, entre los años 293 y 294 d.C., prefiriendo los autores más recientes (como Keneth Harl o Richard Abdy) la fecha más temprana.

El objetivo general de la reforma era regresar a un sistema semejante al introducido durante el Alto Imperio por Nerón, es decir, una nostálgica vuelta a un pasado dorado.
Argenteus Diocleciano 297 - Antioquía RIC VI 37a

A los áureos reformados se sumó ahora una nueva moneda de plata acuñada con un peso de 1/96 de la libra romana (el número XCVI aparece en el reverso de algunas emisiones), es decir, unos 3,4 gramos, aunque la mayoría eran acuñados por debajo de su peso teórico. Era la primera pieza de plata pura en salir de las cecas romanas en un siglo y reproducía, de hecho, el estándar del denario de Nerón y también su ley del 95% de pureza. Parece que esta pieza era designada argenteus.

Nummus Diocleciano - Nicomedia -294 295 -RIC VI 27a

Las monedas de oro y plata fueron acompañadas por una serie de nuevas denominaciones de vellón. La más importante de todas era una pieza completamente original, acuñada a 1/30 de la libra romana, es decir unos 10,8 gramos y con un baño de plata que representaba entre un 5 y 4 % del peso total. Esta nueva pieza es normalmente designada como follis (por asimilación de la gran moneda de bronce introducida por la reforma monetaria del emperador bizantino Anastasio), pero probablemente era conocida simplemente como nummus, el término latino para moneda. El vocablo follis se refería, de hecho, en esta época a bolsas estándar de monedas, que contenían 125 piezas de plata y llevaban un sello certificando su contenido. Algo muy conveniente a la hora de intercambiar cifras elevadas.

Radiado post-reforma Diocleciano RIC VI 15a

El nummus sería producido en cantidades prodigiosas para convertirse en la columna vertebral del nuevo sistema. También se produjeron, aunque en mucho menor cantidad y calidad, dos piezas fraccionarias, que serían rápidamente discontinuadas: a) Una pequeña moneda acuñada a 1/100 de la libra romana (3,2 gramos) con busto radiado hecha de bronce pero con una delgada cobertura de plata del 1 al 1,25% de su peso, y b) una moneda de bronce con busto laureado acuñada en 1/200 de la libra romana (1,6 gramos). El valor de esta última pieza equivalía a un denarius communis (d.c.), la denominación tradicional del sistema romano que, por la inflación durante el siglo III, se había transformado en una moneda de cuenta sin un equivalente monetario concreto. El d.c. seguía siendo utilizado para expresar el valor de los bienes, como vemos claramente en el célebre edicto de precios máximos de Diocleciano, del que trataremos más adelante.

Es claro que todas las piezas del nuevo sistema monetario tenían tasas de cambio fijas estipuladas en d.c. (Sigo aquí a Kenneth Harl, Coinage in the Roman Economy, pág. 151)

Áureo = 600 d.c.
Quinario = 300 d.c.
Argenteus = 25 d.c.
Nummus = 5 d.c.
Radiado de vellón = 2 d.c.
Laureado de bronce = 1 d.c.

Que el nummus estaba tarifado en 5 d.c. es demostrado por piezas de Siscia y Alejandría que llevan la marca de valor XX y XXI, indicando que equivalían a 20 sestercios, es decir, 5 denarios. Algunos ejemplares de Antioquía llevan, además, las letras K y V indicando 20 sestercios y 5 denarios.

martes, 29 de enero de 2013

La reforma monetaria de Diocleciano -1° parte


Áureo pesado (6,56 gr.) acuñado en la ceca de Roma en el año 286d.C.

Os presentó aquí la primera parte de una serie de cuatro entradas dedicadas a analizar en profundidad la reforma monetaria introducida por Diocleciano a finales del siglo III d.C., que sería, en muchos sentidos, el punto de partida del sistema monetario característico del Bajo Imperio.

Introducción


El ascenso de Diocleciano al trono del Imperio Romano en el año 284 d.C. no se diferenció del de la mayoría de sus fugaces predecesores durante el conflictivo siglo III d.C.: el asesinato en circunstancias confusas de un emperador y la elección, por parte del ejército, de un sucesor entre sus propias filas. Pero el nuevo soberano lograría romper con el ciclo de inestabilidad vigente desde hacía décadas e iniciar un reinado duradero signado por profundas reformas en muchos de los aspectos centrales de la organización del Estado. Algunas de ellas, como el establecimiento de la tetrarquía (un gobierno de múltiples emperadores), serían sólo experimentos que carecerían de continuidad, pero otras, como la reforma fiscal y la creación de una burocracia, sentarían las bases de lo que conocemos como el Bajo Imperio Romano.

Uno de los puntos más complejos de los cambios políticos introducidos por Diocleciano y sus colegas fue su esfuerzo por dotar al mundo romano de un nuevo sistema monetario. El deterioro en la calidad de la moneda, la pérdida de confianza en la misma y la inflación eran tres problemas heredados a los que Diocleciano debía enfrentar si pretendía que sus planes fiscales y administrativos fueran viables. En el año 274 d.C., el emperador Aureliano había ya introducido una reforma monetaria para enfrentar estos desafíos pero su impacto fue limitado y sus nuevos estándares fueron rápidamente relajados. Los cambios llevados adelante por los tetrarcas tendrían, sin embargo, un impacto mucho más profundo, sobre todo porque se irían aplicando por etapas en un período prolongado de tiempo.
Anverso del medallón de los tetrarcas del tesoro de Beaurains

Preludio: las monedas de oro de Diocleciano


En el año 285 d.C., Diocleciano nombró al experimentado militar Maximiano como César, es decir, como su colega y heredero al trono. Al año siguiente, lo promovió a Augusto, estableciendo, de hecho, una diarquía. Durante estos primeros años de reinado, el afianzamiento de su poder y el restablecimiento de las fronteras mantuvieron ocupados a Diocleciano y su colega, por lo que la política monetaria no recibió demasiada atención, continuándose con la acuñación de las denominaciones vigentes.

Diocleciano y Maximiano dieron, sin embargo, un primer paso al mejorar el estándar de las monedas de oro, llevando, en el año 286 d.C., el peso teórico del áureo de 1/70 de la libra romana a 1/60, lo que equivale a unos 5,4 gramos aproximadamente. También se acuñarían, en la ceca de Roma, algunos áureos ceremoniales a 1/50 de libra y numerosos medallones o múltiplos de diversos tamaños, como los hallados en el célebre tesoro de Beaurains. El estándar de las monedas de oro se había deteriorado considerablemente a lo largo del siglo III, con piezas cada vez más pequeñas y con menor pureza. A ello se sumaba un importante grado de variabilidad de peso entre los cospeles de distintos ejemplares, lo que reflejaba la pobre manufactura de las mismas. Los nuevos áureos de Diocleciano, por el contrario, fueron acuñados con mayor control y su peso es mucho más uniforme. Ningún ejemplar conocido se desvía más del 5% respecto del estándar (véase K. Verboven, “The Demise and Fall of the Augustan Monetary System”, 248).

Las nuevas monedas de oro fueron utilizadas, sobre todo, para pagar a soldados y funcionarios. En un contexto inflacionario y con moneda de mala calidad, es seguro que, de acuerdo a la ley de Gresham, estas piezas fueron, sobre todo, atesoradas, por lo que su impacto en el sistema monetario fue menor.
 Reverso del medallón de los tetrarcas del tesoro de Beaurains

El ya mencionado tesoro de Beaurains es un claro ejemplo de este proceso. Lo recuperado incluía veintitrés joyas (collares, pulseras, pendientes, hebillas, anillos, colgantes, algunos de los cuales estaban hechos con monedas), diversas piezas de plata (un candelabro, dos cucharas, un lingote), y 472 monedas, de las cuales veinticinco eran grandes medallones de oro acuñados por los tetrarcas o por Constantino I. Las imágenes de un ejemplo acompañan esta entrada. Los medallones fueron acuñados en las cecas de Tréveris y Roma, y quien los enterró los había recibido seguramente como regalos de los emperadores entre los años 285 y el 310 d. C., por lo que es probable que se tratara de un oficial de alto rango del ejército imperial. El hecho de que monedas y medallones fueran atesoradas durante un largo período de tiempo en conjunto con otros elementos de oro y plata demuestra claramente que todo objeto de esos metales podía servir como un lingote.