martes, 3 de septiembre de 2013

La historia monetaria de Roma de Maximino a Gordiano III

Denario del emperador romano Maximino el Tracio
Denario de Maximino el Tracio

Siguiendo con la serie de entradas sobre la historia monetaria de Roma trato aquí los primeros años del período que habitualmente se conoce como la "crisis del siglo III d.C."

De la muerte de Alejandro Severo al ascenso de Maximino


Alejandro Severo y su influyente madre, Julia Mamea, fueron asesinados en los cuarteles de invierno de sus tropas cerca de Maguncia, en los primeros meses del año 235 d. C.

Las tropas proclamarían a Maximino, un general de origen relativamente humilde que había ascendido desde las filas del ejército gracias a las nuevas posibilidades de promoción abiertas por las reformas de Septimio Severo. Se trataba de un verdadero emperador-soldado, un símbolo de los desplazamientos de poder que se estaban produciendo dentro de la estructura política del imperio. Su reinado de tan sólo tres años estaría íntegramente ocupado con operaciones militares en las fronteras del Rin y el Danubio y nunca visitaría la ciudad de Roma.

Maximino vivía frugalmente y no era partidario de buscar la paz pagando subsidios a los enemigos de Roma. Aunque no era avaro con las tropas, tampoco hubo despilfarro en materia de salarios y donativos. Para financiar las operaciones militares, el nuevo emperador fue estricto con la recaudación de impuestos y exigió pagos extraordinarios de ricos y pobres por igual.

A pesar de todas estas medidas, el contenido de plata de los denarios acuñados en nombre de Maximino tuvo una nueva caída respecto del ya pobre nivel de los acuñados por Alejandro Severo. También se redujo el peso y tamaño de las diversas denominaciones de bronce.

Maximino representaba un nuevo tipo de emperador que no buscaba relacionarse con las elites dominantes del imperio de las maneras tradicionales. Su reinado marcaría el comienzo de un período de reiterada inestabilidad política que tendería a agravar los problemas económicos y fiscales del Estado romano.

La revuelta de los Gordianos


A finales de marzo del 238 d.C., estalló una revuelta en Thysdrus (hoy El Djem), en la provincia de África Proconsular, que tuvo su punto de partida en la resistencia de los terratenientes frente a los recaudadores imperiales. El gobernador de la provincia, el anciano M. Antonio Gordiano Semproniano Romano participó de la revuelta y fue aclamado como emperador, tomando a su hijo homónimo como su colega en el trono. 

Denario de Gordiano I

Cuando el gobernador de Numidia intervino con una legión para sofocar la revuelta, la situación de los Gordianos se volvió desesperada. Unas tres semanas después de su proclamación, fueron derrotados en forma decisiva ante los muros de Cartago. Gordiano II murió en la batalla y su padre se ahorcó en la ciudad.

Este parecía haber sido el final del incidente, sin embargo, los gordianos se habían encargado de anunciar la usurpación al senado romano, que se apresuró a apoyarlos. Maximino y su hijo fueron condenados como enemigos públicos, y sus funcionarios y simpatizantes en la ciudad, asesinados. El apoyo del senado hizo que los nuevos emperadores fueran reconocidos en muchas provincias.

La proclamación de Pupieno y Balbino


Cuando la noticia del rápido final de los Gordianos llegó a Roma, ya era demasiado tarde para cambiar de rumbo. Los emperadores muertos fueron deificados, y dos nuevos ocupantes del trono elegidos entre los principales senadores, M. Clodio Pupieno Maximo y D. Celio Calvino Balbino. El mismo día de su designación (a finales de abril o principios de mayo 238) Pupieno y Balbino fueron forzados por la plebe de Roma a aceptar como su colega -con el rango de César- al nieto de Gordiano I, M. Antonio Gordiano (Gordiano III), quien sólo tenía unos trece años de edad.

Antoniniano de Pupieno


Maximino marchó con un ejército hacia Italia decidido a aplastar a los insurgentes. A primera vista, el improvisado ejército reunido por sus adversarios parecía no ser rival para sus experimentadas tropas. Sin embargo, en lugar de avanzar rápidamente hacia la capital, Maximino se demoró en el sitio de la ciudad de Aquileya. A pesar de este retraso, el viejo soldado todavía habría podido salir victorioso, pero su insistencia excesiva en el esfuerzo y la disciplina sólo generaron desafección entre sus agotadas y desmoralizadas tropas. Después de cuatro semanas -principios de junio de 238- el ejército, finalmente, se amotinó, dio muerte a Maximino y reconoció a Pupieno, Balbino y Gordiano III como legítimos soberanos.

La noticia de la muerte de Maximino fue recibida con entusiasmo en Rávena y Roma. Pupieno y Balbino fueron reconocidos en todo el imperio pero su situación no dejaba, por ello, de ser precaria. A las diferencias entre ambos se sumaba el problema de qué papel adjudicar a Gordiano III.

La muerte de Pupieno y Balbino y el reinado de Gordiano III


El principal problema, sin embargo, era el económico. Para financiar su campaña contra Maximino y los donativos que todo nuevo emperador debía otorgar a las tropas, Pupieno y Balbino reintrodujeron el Antoniniano, la moneda inventada por Caracalla unos 25 años antes pero acuñándolo ahora en cantidades millonarias y con un contenido de plata todavía más bajo. Su valor nominal era de dos denarios pero su contenido de plata representaba sólo el 70% del contenido de plata de esas dos monedas. De esta forma, el sistema monetario romano pasaba prácticamente a ser fiduciario, pues el respaldo metálico al valor de la moneda sería, a partir de este punto, meramente simbólico.

Antoniniano de Gordiano III


Pupieno y Balbino nunca ganaron la confianza del ejército y después de tan sólo dos meses en el poder, a principios de agosto 238, fueron asesinados en Roma por la guardia pretoriana, que proclamó al joven Gordiano III como Augusto. Durante los próximos años el imperio sería controlado por los consejeros del joven emperador, que sería alentado a mostrar respeto por el Senado y a restaurar sus antiguos derechos y privilegios.

El nuevo gobierno intentó, también, evitar la reputación de rapacidad, que tan costosa había resultado para Maximino, y se hicieron esfuerzos para reducir la carga fiscal. La solución fue, una vez más, el deterioro de la moneda. El denario dejó de acuñarse y el antoniniano se produjo en cifras astronómicas, sufriendo su calidad un gradual deterioro a lo largo de su reinado.