domingo, 11 de noviembre de 2012

El siglo III y la transformación del sistema monetario romano


Sestercio de Nerón - Lyon, 66 d.C.

El sistema monetario romano de la Antigüedad tardía es muy diferente del utilizado durante la república tardía y los primeros siglos del Imperio. En esta entrada quiero tratar las causas que explican la transición de uno otro.

A principios del siglo III, el Imperio Romano conservaba, con ligeros cambios, el sistema monetario establecido por Augusto a finales del siglo I a.C. y que era, a su vez, una continuación del existente durante la república tardía.

Se trataba de un sistema dual surgido directamente de las realidades de la conquista del mundo mediterráneo por Roma. Era dual porque en el mismo convivían las denominaciones romanas con otras de carácter local. El Estado romano se reservaba sólo el derecho de acuñar en oro y plata, pero permitía en la mayoría de los casos a las ciudades continuar con la producción de al menos algunos tipos y denominaciones tradicionales en metales bajos. Las acuñaciones locales eran sobre todo muy comunes en el Oriente, donde muchas ciudades contaban con siglos de tradición monetaria.
Áureo de Septimio Severo - Roma, 206 d.C.

Las denominaciones romanas eran producidas sobre todo en la ceca de la ciudad de Roma y en algunas pocas cecas imperiales en provincias cercanas a grandes contingentes de tropas. Los áureos y denarios romanos circulaban por todo el Imperio y eran los medios de pago reconocidos para las grandes transacciones, para el pago de impuestos y para el pago de los salarios públicos, que en su enorme mayoría se destinaban a los soldados y oficiales. Para gastos cotidianos se utilizaban, por su menor valor, las monedas de bronce, tanto las romanas como las de producción local.

Este sistema trimetálico se caracterizaba por la existencia de tasas de cambio fijas entre las piezas de bronce, plata y oro, que eran garantizadas por el Estado.

Los primeros problemas de este sistema comenzaron ya durante el reinado de Nerón, cuando se recurrió a una primera disminución en la pureza de la plata del denario como forma de afrontar los crecientes gastos. La pérdida gradual de la calidad de la moneda continuaría durante todo el principado y se aceleraría durante la dinastía de los severos (193 235 d.C.) a consecuencia del fuerte incremento en el gasto militar. Esta tendencia se agudizaría a lo largo del siglo III, a medida que la creciente presión sobre las fronteras de persas y germanos requería mayores esfuerzos defensivos.
Áureo de Tácito - Siscia, 275-276 d.C.

La caída en la calidad de la moneda estuvo asociada a un enorme incremento en la cantidad nominal de circulante, lo que generó una fuerte presión inflacionaria. La combinación del deterioro de la moneda y la suba de precios terminó destruyendo el sistema monetario creado por Augusto. En el último tercio del siglo III, cesó en todas partes la acuñación de monedas de bronce pues la gran suba de precios la había hecho antieconómica. El caos era tan completo que en muchas partes del Imperio se perdió hasta tal punto confianza en la moneda que se regresó a prácticas pre-monetarias como el trueque. En este contexto, el mismo Estado recurría en forma creciente a la confiscación de bienes en especie para el abastecimiento del ejército, prefiriendo asegurarse los productos necesarios antes que recibir sus propias monedas.

En el último tercio del siglo III, una serie de emperadores militares logró estabilizar la situación del imperio. Con las reformas monetarias de Aureliano y Diocleciano comenzó a emerger un nuevo sistema monetario que terminaría de recibir su forma definitiva durante el reinado de Constantino.

El nuevo sistema monetario era muy diferente del anterior a la crisis del siglo III. Ya no existía un modelo dual, pues las acuñaciones locales habían desaparecido. Las únicas denominaciones vigentes eran las del estado imperial, que eran ahora producidas por una gran red de cecas imperiales distribuidas a todo lo largo del Imperio. El nuevo sistema era bi-metálico, con monedas de vellón bajo y de oro. A diferencia de lo que ocurría durante el Alto Imperio, no existía una tasa de cambio fijo garantizada por el estado, sino que las monedas de oro eran valoradas por su peso, funcionando como pequeños lingotes.
Áureo de Maximiano - Nicomedia, 294 d.C.

Al mismo tiempo, también había cambiado profundamente la iconografía de la moneda. La tradición de retratos naturalistas que el mundo romano había heredado de los modelos helenísticos había sido desplazada por otra de relatos estereotipados y uniformes que reflejaban una imagen idealizada del soberano que ponía el énfasis en su carácter de líder militar. De igual forma, los variados motivos de reverso típicos del principado, que muchas veces reflejaban los intereses personales de cada emperador, habían sido remplazados por una serie de motivos estandarizados que sólo muy raramente se referían a eventos contemporáneos. Esta nueva tradición monetaria romana continuaría por mucho tiempo, aún después de la caída de Roma, especialmente en Oriente.