martes, 9 de abril de 2013

El origen del dinero 3° parte – las teorías chartalistas


Georg F. Knapp

Las diferentes versiones de la teoría clásica sobre el origen del dinero comparten (como vimos en la y parte de esta serie) una premisa fundamental, la idea de que éste surge como producto natural de las necesidades individuales de quienes intervienen en mercados basados en el trueque. Esta teoría fue objeto de duras críticas por economistas de otras corrientes ya desde principios del siglo XX y el caso contra sus supuestos centrales ha sido reforzado, desde entonces, por numerosas investigaciones históricas y antropológicas.

La gran debilidad de la teoría metalista clásica sobre el origen del dinero es que argumenta únicamente a partir de líneas hipotéticas y que no presenta ninguna evidencia empírica que permita constatar su veracidad. De hecho, esta teoría deduce la existencia de un primitivo mundo del trueque sólo a partir de consideraciones lógicas y abstractas, sin considerar en ningún momento a la información proporcionada por el registro histórico y arqueológico. Uno de los puntos centrales que se esgrimen en su contra es que no se conoce prácticamente ninguna evidencia de la existencia de sistemas económicos basados en el trueque en ningún período del pasado o región del mundo.

La principal corriente teórica alternativa sobre el origen del dinero se centra en un punto que es, como se señaló, intencionalmente dejado de lado por la teoría clásica: el papel del Estado. Se la designa generalmente como teoría “chartalista” del dinero, un término acuñado por uno de sus fundadores, el economista alemán George Friedrich Knapp (1842-1926) a partir de la palabra latina “charta” (papel). Con este término quiere reflejar la idea de que el dinero es un objeto sin un valor intrínseco más allá de la sanción legal del Estado. En su Teoría estatal del dinero (Staatliche Theorie des Geldes), publicado por primera vez en 1905, Knapp argumenta que el dinero no puede concebirse sólo como una mercancía, como afirmaba Adam Smith, sino que su naturaleza depende de la sanción legal de un Estado que garantiza que funcione como medio de intercambio reconocido al aceptarlo, a su vez, como medio para cancelar las exigencias tributarias que impone a sus súbditos.

Una concepción en algunos puntos semejante a la de Knapp –pero desarrollada de manera independiente- fue presentada por el diplomático inglés Alfred Mitchell Innes en dos artículos de los años 1913 y 1914. A diferencia de Knapp, sin embargo, este autor presenta una teoría completa del proceso histórico mediante el cual surge el dinero.


Revista en que se publicaron los trabajos de Alfred Mitchell Innes

En la visión de Adam Smith y de Carl Menger, el problema de la “doble coincidencia de necesidades” lleva a que todos los que intervienen en un mercado premonetario intenten intercambiar sus productos por uno que tenga más demanda para que les resulte más sencillo cambiarlo por lo que necesitan. Es decir, tomando un ejemplo de Mitchell Innes, que si un panadero y un cervecero quieren carne pero el carnicero está bien provisto de pan y cerveza, no es posible realizar un intercambio directo y los primeros se ven obligados a buscar un bien que por ser muy demandado cuente con mayor probabilidad de ser requerido por el carnicero.

Para Mitchell Innes esta es una suposición irreal e innecesariamente compleja. En su opinión, suponiendo que el panadero y el cervecero sean hombres honestos, el carnicero puede proveerlos de carne y recibir de ellos un reconocimiento de que tienen con él una deuda. Esto sería posible, si asumimos que la comunidad reconoce la obligación del panadero y el cervecero de saldar esa deuda con pan o cerveza en los valores relativos de mercado del pueblo, cuando llegue el momento en que el panadero desee esos productos. Para Mitchell Innes, en síntesis, no es necesario postular un complejo proceso de una mercancía que se transforma en medio de intercambio. Mucho más sencillo es el intercambio de un producto a cambio de una deuda o compromiso futuro.

A diferencia de los partidarios de la teoría clásica, Mitchell Innes utiliza la información histórica y arqueológica disponible en su tiempo para constatar empíricamente su teoría. La existencia en todas las tradiciones jurídicas conocidas del mundo del reconocimiento de la obligación legal de saldar las deudas rechaza, en su opinión, expresamente el postulado de la teoría clásica de que el crédito es una invención posterior a la del dinero y posibilitada por la existencia de éste. Para Mitchell Innes, por el contrario, el crédito es la verdadera forma del dinero ya que puede conservarse por mucho tiempo y hasta transferirse a terceros. El dinero no tiene, por lo tanto, nada que ver con los metales preciosos.


Palos tallados de deuda

Mitchell Innes ve en la información proporcionada por hallazgos arqueológicos comunes una confirmación del carácter universal de esta práctica. En su opinión, durante muchos siglos, el principal instrumento del comercio no habría sido la moneda o una mercancía que asumiera sus funciones, sino el uso de palos tallados en los que se registraban las deudas (conocidos en latín como talea, en francés como Taille y en alemán como Kerbholz). El nombre del deudor y la fecha de la transacción eran escritos en dos lados opuestos de la varilla, que se dividía entonces por la mitad de tal manera que el nombre y la fecha aparecieran en ambas partes. Ambas mitades constituían un registro completo del crédito y de la deuda. El deudor estaba protegido por su trozo de la imitación fraudulenta o manipulación del comprobante en manos del acreedor.

El Estado al recaudar impuestos es el principal creador de dinero, pues se transforma en acreedor automático de todos los contribuyentes, que pasan a ser sus deudores. Esa posición de acreedor le permite al Estado producir certificados con los que adquirir y bienes y servicios que serán recibidos pues se compromete a su vez a aceptarlos como medio para cancelar las deudas fiscales de sus contribuyentes. En la concepción de nuestro autor, entonces, la moneda no se acuña para garantizar su peso y pureza como quiere la teoría clásica, sino para señalar su carácter de medio de pago oficial que el Estado está dispuesto a aceptar de sus deudores. El valor de la moneda no deriva, entonces, para Mitchel Innes de su contenido metálico sino que, como cualquier certificado de deuda, depende del grado de solvencia percibido del deudor.