sábado, 23 de octubre de 2010

Un áureo y un denario de Caracalla

El verdadero nombre de Caracalla era Lucio Septimio Bassiano, pero cuando su padre, el emperador Septimio Severo, ascendió al trono, lo hizo cambiar por el de Marco Aurelio Antonino, en un intento de conectar con el prestigio de la dinastía anterior. El joven César sería, sin embargo, reconocido por el apodo con el que ha pasado a la posteridad y que le fuera adjudicado por su costumbre de llevar un manto galo de ese nombre. 
Caracalla fue el hijo mayor de Septimio Severo y tenía un hermano, Geta, a quien odiaba profundamente. Tras la muerte de su padre, ambos recibirían el trono en conjunto, pero Caracalla haría rápidamente asesinar a Geta y sería emperador en soledad. Por este crimen y otras razones, el reinado de Caracalla estaría signado por una evidente impopularidad, por lo menos entre las elites del imperio. Uno de los ejes de su política sería, en consecuencia, obtener el favor del pueblo mediante grandes construcciones y espectáculos.
Las dos monedas cuyas imágenes acompañan esta entrada son un claro testimonio del esfuerzo de Caracalla por captar el favor popular. Se trata de un áureo y un denario que comparten idénticos motivos (RIC IV 133 y 157):
Anverso: ANTONINVS PIVS AVG (Antonino Pío Augusto), busto del emperador con corona de laureles

Reverso: LAETITIA TEMPORVM (La felicidad de los tiempos), un barco con mástil,  accesorios y las velas desplegadas. Arriba de la nave pueden verse cuatro cuadrigas, por debajo, aves, un león, una cebra, un oso, un ciervo y un toro.

El diseño del reverso conmemora la celebración de los juegos que se realizaron con ocasión del regreso del emperador a Roma en el 202 d.C., una ocasión memorable. Para las fiestas que siguieron, un gran buque con laterales plegables fue colocado en la arena del Coliseo. Una verdadera obra maestra de la ingeniería romana. Durante el espectáculo, los lados de la nave fueron abiertos y los asombrados espectadores pudieron observar un gran número de animales raros e interesantes salir de las entrañas del barco solo para ser masacrados por los gladiadores. Por si esto fuera poco, el público romano también se deleitó con numerosas carreras de carros en el Circo Máximo.