martes, 29 de enero de 2013

La reforma monetaria de Diocleciano -1° parte


Áureo pesado (6,56 gr.) acuñado en la ceca de Roma en el año 286d.C.

Os presentó aquí la primera parte de una serie de cuatro entradas dedicadas a analizar en profundidad la reforma monetaria introducida por Diocleciano a finales del siglo III d.C., que sería, en muchos sentidos, el punto de partida del sistema monetario característico del Bajo Imperio.

Introducción


El ascenso de Diocleciano al trono del Imperio Romano en el año 284 d.C. no se diferenció del de la mayoría de sus fugaces predecesores durante el conflictivo siglo III d.C.: el asesinato en circunstancias confusas de un emperador y la elección, por parte del ejército, de un sucesor entre sus propias filas. Pero el nuevo soberano lograría romper con el ciclo de inestabilidad vigente desde hacía décadas e iniciar un reinado duradero signado por profundas reformas en muchos de los aspectos centrales de la organización del Estado. Algunas de ellas, como el establecimiento de la tetrarquía (un gobierno de múltiples emperadores), serían sólo experimentos que carecerían de continuidad, pero otras, como la reforma fiscal y la creación de una burocracia, sentarían las bases de lo que conocemos como el Bajo Imperio Romano.

Uno de los puntos más complejos de los cambios políticos introducidos por Diocleciano y sus colegas fue su esfuerzo por dotar al mundo romano de un nuevo sistema monetario. El deterioro en la calidad de la moneda, la pérdida de confianza en la misma y la inflación eran tres problemas heredados a los que Diocleciano debía enfrentar si pretendía que sus planes fiscales y administrativos fueran viables. En el año 274 d.C., el emperador Aureliano había ya introducido una reforma monetaria para enfrentar estos desafíos pero su impacto fue limitado y sus nuevos estándares fueron rápidamente relajados. Los cambios llevados adelante por los tetrarcas tendrían, sin embargo, un impacto mucho más profundo, sobre todo porque se irían aplicando por etapas en un período prolongado de tiempo.
Anverso del medallón de los tetrarcas del tesoro de Beaurains

Preludio: las monedas de oro de Diocleciano


En el año 285 d.C., Diocleciano nombró al experimentado militar Maximiano como César, es decir, como su colega y heredero al trono. Al año siguiente, lo promovió a Augusto, estableciendo, de hecho, una diarquía. Durante estos primeros años de reinado, el afianzamiento de su poder y el restablecimiento de las fronteras mantuvieron ocupados a Diocleciano y su colega, por lo que la política monetaria no recibió demasiada atención, continuándose con la acuñación de las denominaciones vigentes.

Diocleciano y Maximiano dieron, sin embargo, un primer paso al mejorar el estándar de las monedas de oro, llevando, en el año 286 d.C., el peso teórico del áureo de 1/70 de la libra romana a 1/60, lo que equivale a unos 5,4 gramos aproximadamente. También se acuñarían, en la ceca de Roma, algunos áureos ceremoniales a 1/50 de libra y numerosos medallones o múltiplos de diversos tamaños, como los hallados en el célebre tesoro de Beaurains. El estándar de las monedas de oro se había deteriorado considerablemente a lo largo del siglo III, con piezas cada vez más pequeñas y con menor pureza. A ello se sumaba un importante grado de variabilidad de peso entre los cospeles de distintos ejemplares, lo que reflejaba la pobre manufactura de las mismas. Los nuevos áureos de Diocleciano, por el contrario, fueron acuñados con mayor control y su peso es mucho más uniforme. Ningún ejemplar conocido se desvía más del 5% respecto del estándar (véase K. Verboven, “The Demise and Fall of the Augustan Monetary System”, 248).

Las nuevas monedas de oro fueron utilizadas, sobre todo, para pagar a soldados y funcionarios. En un contexto inflacionario y con moneda de mala calidad, es seguro que, de acuerdo a la ley de Gresham, estas piezas fueron, sobre todo, atesoradas, por lo que su impacto en el sistema monetario fue menor.
 Reverso del medallón de los tetrarcas del tesoro de Beaurains

El ya mencionado tesoro de Beaurains es un claro ejemplo de este proceso. Lo recuperado incluía veintitrés joyas (collares, pulseras, pendientes, hebillas, anillos, colgantes, algunos de los cuales estaban hechos con monedas), diversas piezas de plata (un candelabro, dos cucharas, un lingote), y 472 monedas, de las cuales veinticinco eran grandes medallones de oro acuñados por los tetrarcas o por Constantino I. Las imágenes de un ejemplo acompañan esta entrada. Los medallones fueron acuñados en las cecas de Tréveris y Roma, y quien los enterró los había recibido seguramente como regalos de los emperadores entre los años 285 y el 310 d. C., por lo que es probable que se tratara de un oficial de alto rango del ejército imperial. El hecho de que monedas y medallones fueran atesoradas durante un largo período de tiempo en conjunto con otros elementos de oro y plata demuestra claramente que todo objeto de esos metales podía servir como un lingote.